Por Daniel Caram

La frivolidad de una selfie

Opinión del Director - 15/11/2016

La política, como pocas actividades de la vida misma, incorpora siempre las innovaciones en el deseo de convencer.

 

Y está claro que, en tiempos de tecnología a full, cada una de las herramientas se convierte en elementos fundamentales, casi imposibles de descartar.

 

Las recorridas actuales de nuestros políticos tienen una característica cada vez más creciente: ¿que traen después de una recorrida y del contacto con el pueblo?... el
IPhone cargado de frías  selfies que luego son subidas a las redes sociales.

 

En síntesis: una muestra concreta de la más completa frivolidad y engaño.

 

¿Y las urgentes soluciones demandadas recientemente hasta en las urnas?... Bien, gracias.

 

Todos caen en la insensibilidad de las auto-fotos de sonrisas amplias y poco creíbles.

 

Es que ni los interminables consejos del papa Francisco y de la Iglesia parecen ser suficientes cuando aconsejan a dejar un poco de lado el celular, las redes sociales, la TV… Y sí aprovechar ese tiempo para hablar, escucharnos, sentirnos.

 

Vaya oportunidad que desaprovechan nuestros políticos, todos ellos con acceso a la gente casi constante: pero en todos aparece la rara coincidencia de priorizar la foto, antes de hablar, de conocerse.

 

Además, teniendo en cuenta nuestros más profundos sentimientos religiosos: ¿si no es al Papa y a la Iglesia… a quien otro les harán caso?

 

Hay que reconocer, se aclara, los métodos modernos que permiten difundir las
actividades casi de inmediato. No se está en contra de la tecnología, más aún cuando nuestra propia actividad se nutre y avanza a partir de ella. Pero –sobre todo para los políticos- el diálogo directo debe ser instrumento tangible y necesario.

 

Es que tal vez mirándole a la cara al que posiblemente los votará pueden conocer y saber de sus necesidades.

 

Es que tal vez, mirando sus ojos puedan comprender lo que con palabras no pueden expresar.

 

Volviendo a cada uno de sus interlocutores se consolida una empatía que no puede comprarse con ningún fondo de campaña.

 

Será cuestión de mirar a los ojos al otro… y no armar una sonrisa para salir bien en una autofoto.