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Columnistas: A esta altura de los acontecimientos, pocas dudas caben acerca de que las encuestas sobre intención de voto, que se publican en los medios periodísticos, pueden ser manipuladas. El propósito de tales tergiversaciones en materia informativa consiste en influir en los electores de manera de inducir resultados diferentes.
La falsificación de una encuesta, además, puede servir para generar el “clima” social adecuado que facilite la concreción de un fraude en el escrutinio que, de lo contrario, habría generado graves sospechas y fuertes reacciones. Al respecto, la clase gobernante, tanto a nivel nacional como en diversos distritos del interior, ha apelado profusamente a este tipo de datos amañados, exhibiendo gran desparpajo a la hora de falsear y de difundir guarismos de origen dudoso sobre la opinión ciudadana. Por ejemplo, en las recientes elecciones efectuadas en las provincias de Santa Fe y Córdoba, con perverso cinismo, el oficialismo dio a conocer supuestos resultados de sondeos realizados por encuestadores mercenarios (Artemio López, Bacman, Zuleta Puceiro y "Mongo" Aurelio son los embusteros más conocidos) tendientes a sembrar el desconcierto entre la ciudadanía y a desalentar a la oposición pocos días antes de los comicios. En Santa Fe, con cifras dibujadas se procuró instalar la "sensación térmica" de que los dos principales candidatos a gobernador se encaminaban a un empate técnico, lo cual resultó ser totalmente falso: la diferencia real a favor del candidato a gobernador Hermes Binner rondó los diez puntos. El handicap de quien fue finalmente el triunfador, resultó ser dirimente para impedir cualquier intento de meter la mano en las cifras del escrutinio, como ocurrió anteriormente en dicha provincia y como, efectivamente, sucedió luego en la vecina Córdoba, con las consecuencias por todos conocidas. Recuérdese, también, lo ocurrido en Misiones unos meses atrás, donde la genuflexión de los "encuestólogos" oficialistas, obsesionados por brindar a sus mandantes un pronóstico que fuera de su agrado, generó un equívoco de proporciones que terminó comprometiendo al gobierno nacional en una bochornosa derrota. Estos casos recientes ponen en evidencia que la contratación y posterior publicación de encuestas con resultados tergiversados se ha convertido en una herramienta de manipulación política y de presión social de singular importancia. La incidencia de estas artimañas en el proceso de decadencia de las instituciones republicanas, que está induciendo el poder político en todas las áreas de la sociedad, aún no ha sido debidamente analizada. La explicación primigenia del porqué de tales comportamientos que, además de rozar lo delictivo, ponen en riesgo la credibilidad social en el sistema democrático, habría que buscarla en la endeble vocación pluralista detectable entre los actores de la política argentina. Más allá de estas patologías de preocupante auge, la labor del encuestador profesional debe ser respetada y considerada con seriedad. Su trabajo de campo, con independencia de quienes actúan en forma espuria, sigue siendo resultado de determinados parámetros analíticos de rigurosa base científica, cuya confiabilidad -dentro de límites razonables- no puede ser bastardeada. Esto significa, que una encuesta realizada con metodología estadística y probabilística correcta, que se ha basado en un encuadre sociológico serio, merece ser tenida en cuenta como informe de situación acerca de la segmentación de la opinión ciudadana en un momento determinado. Ese es el caso del trabajo encomendado por el diario La Nación a Poliarquía Consultores del Dr. Eduardo Fidanza, encuesta que indagó en un universo representativo de potenciales electores y que realizó sus proyecciones según los criterios que la ciencia estadística recomienda. En dicho informe se destaca la notable ventaja que lleva la senadora Cristina Fernández de Kirchner al resto de los candidatos presidenciales, lo que podría estar indicando que no hay posibilidades de segunda vuelta, dado que, o bien supera con comodidad el 45 % de votos emitidos positivos; o bien, la distancia de la boleta oficial con la que postula a Elisa Carrió -quien se perfila en segundo lugar- es ostensiblemente mayor a los 10 puntos legalmente requeridos para forzar la realización de ballotage. Esta encuesta -y otras, también confiables, que fueron publicadas en los días sucesivos- insinúa que la victoria de Daniel Scioli en la provincia de Buenos Aires sería contundente, mientras que Ricardo López Murphy, de previsible modesta perfomance en la Capital Federal, puede concretar en el distrito bonaerense un gran papelón (definitivo para su carrera política) según los votos que junte para la elección presidencial; llegando incluso a alinearse con Pino Solanas, firme candidato a convocar apoyos infinitesimales como es habitual en la izquierda vernácula. Teniendo en cuenta que Buenos Aires representa el 38 % del electorado nacional, aún proyectando con prudencia los sufragios de los que hoy figuran como indecisos (1/3 de los consultados en la muestra), se prevé que el triunfo kirchnerista podría ser arrollador. En este caso, estamos hablando de una tarea encuestadora seria, científica, realizada por gente idónea que hasta ahora no ha maquillado sus diagnósticos para venderlos al mejor postor. Otro calificativo merecen los sondeos amateur del tipo que realizan diferentes páginas web, entre ellas Terra, Ciudad, Notiar, Yahoo y algunos diarios digitales, que están orientados a ofrecer a los internautas un entretenimiento más que a definir un cuadro de situación preelectoral confiable. Es que en este tipo de sondeos, vota cualquiera; es más, no se sabe qué nivel de representatividad tienen los eventuales votantes que hacen click con el mouse y ya está. Tampoco se trata de una cuestión cuantitativa; podrían participar en tales convocatorias on line cientos de miles de personas y, sin embargo, dicho volumen de respuestas, por aleatorio, seguiría sin expresar el comportamiento real de la sociedad. El equipo Catterberg-Fidanza, por el contrario, con una muestra estadística que involucró a un millar de personas, proyectó una hipótesis fundamentada para toda la nación. Por ello, no sorprende que en tales compulsas asistémicas se obtengan resultados caprichosos e insólitos, como que Lavagna, Sobisch y Rodríguez Sáa superan en porcentaje de votos a Cristina K y otros disparates por el estilo. En definitiva, las estadísticas, el cálculo probabilístico y el análisis sociológico de campo que encuadran la labor investigativa del encuestador responsable, no debería incluirse junto con la información carente de rigor que suele brindar la web, la radio y otros medios de difusión. Con las limitaciones propias de toda tecnología basada en una disciplina científica, las encuestas de opinión están en condiciones de brindar información veraz, lo cual no significa que a la hora de las elecciones no se produzcan corrimientos y modificaciones, a veces de importancia, a veces no. Otro tratamiento debe darse al sondeo mediático que no es más que un acopio arbitrario y pasatista de opiniones; o, peor aún, a la generación intencionada de información amañada, a la “genuina” falsificación de encuestas que, pergeñadas por consultores inescrupulosos, pretenden confundir a la comunidad. Gustavo Ernesto Demarchi
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